Cuentos De Guerra

EL INFIERNO SE VISTE DE SELVA

Estaba feliz, no cabía en la ropa de la alegría y la emoción. Pensé: “por la inclinación de mi pie izquierdo a la derecha no me van a aceptar”. Cuando nos hicieron desnudar sude, temblé, pero trate al máximo de controlar mis nervios; en mi mente estaba el deseo de ser aceptado, de poder ingresar a las filas del Ejercito. Mire a mis compañeros, unos permanecían impávidos, otros algo nerviosos y yo muerto de susto porque sabía que me podían negar mi ingreso.   El medico, un hombre delgado, más bien escuálido, con ojos vidriosos se fue acercando lentamente, hacia gestos, señas y la auxiliar tomaba nota, cuando llego mi turno, me reviso de pies a cabeza, observo con cuidado mi estructura muscular, mis gruesos y potentes brazos, mi pecho amplio, mi espalda y mis fortalecidos músculos de los pies. Era por constitución un hombre alto, macizo, de complexión atlética. Después de hacer algunos gestos y arrugar la frente, se le acerco a la joven enfermera que lo seguía y le dijo algo al oído, no se si en relación a mi constitución o al defecto de mi pie izquierdo, lo cierto del caso fue que me aprobaron e ingrese con alborozo al Ejercito.

Mi hermano era soldado profesional. Yo lo admiraba y miraba con estupor y con “envidia” las fotos donde aparecía con un contingente de soldados portando sus poderosos y hermosos fusiles AK-47. Una de sus mejores fotos con la cara pintada, su boina de medio lado, su traje de camuflado y donde lucia un hermoso fusil la tenia colgada encima de mi cama, era mi “ángel de la guarda”. En mi nochero conservaba cantidad de fotos de él en el monte, de sus diferentes estadías en los batallones y cuarteles donde había prestado servicio y un álbum muy bien organizado de su larga carrera militar. Llegue feliz a casa y le conté a mi madre lo que había pasado, ella se sintió algo triste, pues mi padre había servido en Corea y allí había muerto, nunca se pudo recuperar el cuerpo de este y en cambio el gobierno le había entregado una placa conmemorativa donde rezaba: “Por los servicios prestados, al héroe de la patria muerto en combate en Corea. . . . “. Mi madre se la pasaba despierta rezando porque a mi hermano Gustavo no le pasara nada, ya que pasaban meses enteros sin tener noticias de él. Le angustiaba la idea de mi ingreso al ejercito y soñaba que aquel problema en el pie fuera un obstáculo, pero ese día, cuando le di la noticia, su semblante cambio, se puso lívida, se santiguo y sin decir una sola palabra se metió a la cocina. La escuche sollozar y sentí mucha pena y dolor por ella, pero en el fondo estaba feliz. Los días pasaron volando, aunque con una ansiedad que no me dejaba dormir. El lunes a las ocho de la mañana me hice presente en el Batallón. No me quise despedir de mi madre, porque ella se acostumbraba a levantar a las cinco de la madrugada y ese día no lo hizo, por lo cual, para no perturbarla más, salí sin hacer decir nada. Después de los controles de rigor, de la formación, del entrenamiento que duro dos meses, nos embarcamos en un majestuoso avión Hércules de la Fuerza Aérea Colombiana. Todos estábamos felices, pero con los nervios de punta, nos habían dicho que íbamos a reforzar un contingente de hombres que buscaban al “Mono Jojoy”, que estuviéramos preparados porque los combates eran violentos y había muchas bajas en ambos bandos. Nos enteramos que los combates se habían prolongado por más de ocho días. Yo había hecho amistad con un joven de escasos diez y ocho años, que vivía en el mismo barrio. Estaba sudando y me mordía la uña del dedo pulgar con ansiedad, por lo que le hable y le dije que se “relajara, que íbamos a estar en la retaguardia detrás de otros hombres mas experimentados, de hombres que conocían el terreno, de hombres con una gran trayectoria y probados en el combate”. Mis palabras al parecer hicieron efecto y el se calmo y me regalo una gran sonrisa. Dialogamos de cosas sin sentido con el ánimo de espantar los nervios. Cuando nos dieron la orden de alistarnos, me miro y vi en sus ojos el miedo, la muerte. Aquella mirada me dio escalofrió y un sudor frío recorrió mi espalda y sentí que la piel se me erizaba. Cuando me toco el turno de saltar mi corazón se acelero y toda la adrenalina fluyo, fue un momento sin precedentes, inexplicable. Allí abajo se libraban cruentos combates, por primera vez iba a entrar en combate, así que me lance al vacío. El aire frío, el vértigo, la velocidad y aquella estepa verde que se abría a mis pies como una sabana verde, hicieron que mi respiración se agitara, después de unos minutos hale la cuerda, el paracaídas se abrió. Cuando toque tierra escuche las explosiones, sentí el rigor de la guerra. Los hombres que combatían corrían de un lado para otro. Busque refugio para poder parapetarme y en mi carrera me tope con el cuerpo sin vida de un soldado profesional. Tenia un tiro en el pecho y otro en el abdomen, estaba destrozado y yacía mirando el cielo como anhelando alcanzar las estrellas. Aquella escena me dio escalofrió. Yo era el puntero, el hombre encargado de ir delante de mi pelotón. Cuando todos se reagruparon recibimos la orden de atacar con todo e ir de frente. Las bajas eran muchos. Empecé a disparar como un loco al frente. La verdad por mi inexperiencia en el combate directo no sabía de donde nos disparaban, aunque el fuego provenía de toda la selva, de todas las direcciones.

Los gritos, las explosiones de los morteros, el olor a pólvora, los fogonazos que salían de entre los árboles, los tiros de fusil que cruzaban silbando, los heridos, los muertos, los árboles destrozados, los aviones que cruzaban el espacio, los helicópteros artillados UH-60 y UH-1H que descargaban todo su arsenal contra los hombres de las FARC, hicieron que quienes soñábamos a la “guerra” despertáramos del sueño y nos encontráramos con el mas horrible infierno. La selva ardía  en llamas, en fuego, en explosiones y en gritos que provenían de todos lados. El infierno se vestía de muerte, de sangre, de dolor, de tragedia, de miradas de terror. Un grito me saco de mis cavilaciones cuando un sargento con la cara pintada y con unas ramas en su cuerpo se arrastro hasta mi y me dijo: “Cabron de mierda nos vas a dejar matar, para que te mandaron aquí, dispara, dispara”. Aquellas palabras rompieron el trance en que me encontraba y arremetí sin compasión contra los  guerrilleros que seguían amparados en la selva. Nos empezamos a internar en el monte, en aquella espesa selva que no permitía ver la luz del sol. Por un instante me sentí solo, cuando mire atrás me encontré con la mirada ausente y llena de terror de mi amigo que me seguía como un autómata. Una explosión que movió el piso me hizo tirar al suelo. Estaba asustado, sin darme cuenta me había orinado en los pantalones, al igual que mi amigo. Aquella explosión había sacudido el piso como si se tratara de un terremoto. Un viento caliente  inundo todo alrededor. Cuando abrí los ojos vi a mi amigo completamente destrozado. No pude contenerme y llore de miedo, de pavor. Mi reacción fue levantarme y disparar sin compasión. Corrí hacia delante, hacia donde se encontraban los guerrilleros de las FARC. Si en ese instante alguien me trato de agarrar, pero con fuerza, con desesperación me solté y le di con la culata del fusil en el pecho; con el golpe que le di cayo entre unos arbustos, y con angustia escuche que me llamo por el apellido, era tal mi desesperación que continué disparando y me interne cada vez mas en la selva, en aquel infierno de gritos, de sombras, de olor a pólvora, de explosiones que hacían retumbar la tierra, que hacían vibrar el piso como si la tierra se estuviera desangrando; sentía como rugía como un león herido, como una bestia a punto de morir se convulsionaba, se estremecía en su epicentro. Me encontré con tres guerrilleros que estaban camuflados y les descargue varios trafagazos. Pude observar sus rostros despavoridos, la sangre que broto como un manantial de la cabeza de uno de ellos cuando le destroce el cerebro con el rafagazo.   Seguí disparando y di de baja a varios hombres que corrían en medio de la selva,  hasta cuando percibí que los gritos se escuchaban muy lejos, al igual que las explosiones, solo en ese instante reaccione y me di cuenta del error que había cometido: Me había alejado del centro de operaciones, del lugar donde combatían mis compañeros, decidí volver, me trate de mimetizar entre los árboles, pero era un hombre en un medio desconocido, lleno de pavor, atemorizado, desesperado, en resumen: Un hombre inexperto. Camine despacio apuntando siempre adelante. Observe algunos hombres y pensé que se trataba de mis compañeros, cuando uno de ellos me vio grito: “Chulo” y me disparo, por instinto reaccione y descargue otro trafagazo que le dio de lleno a dos de ellos en el pecho. Corrí desesperado y en ese instante sentí que volaba por el aire. Una nueva explosión sacudió la selva. Cuando desperté estaba atado y me custodiaban varios guerrilleros. En ese momento comprendí mi triste realidad: Era uno de los tantos secuestrados que la guerrilla tenía y que pensaba canjear con el gobierno, los mal llamados “prisioneros de guerra”.   A partir de aquel instante engrosé la larga lista de los secuestrados de las FARC. Un escalofrió recorrió todo mi ser. La visión de hombres enjaulados cambio ante mis ojos de manera violenta, ahora estaba yo con cadenas en los pies, alrededor de mi cuello y en mis manos, enjaulado como un perro rabioso que había dado de baja a varios de sus hombres. Ahora mi vida pendía de un hilo, estaba a merced de lo que el Estado Central de las FARC decidiera que hacer con nosotros. Mi mente se paralizo al igual que mi cuerpo. Mis sueños se habían truncado en el primer día de combate. Recordé a mi amigo y a los tantos que habíamos arribado a aquellos parajes y que ya estaban muertos; conociendo la suerte de los secuestrados desee estar muerto. Hoy cumplo seis años encerrado, amordazado, delirando, hablando en las noches solo, viendo sombras, a mis compañeros que han resucitado inexplicablemente. Mis compañeros me han aislado, dicen en voz baja que estoy loco. He pasado noches y días enteros aferrado a la cerca de alambre, porque se que mis amigos, los que murieron conmigo en combate están tramando un plan para sacarme de aquí y se que pronto recuperare mi libertad.

Original de Gildardo Gutiérrez Isaza
Julio 16 de 2009

LAS VENAS ABIERTAS

Las noticias no eran muy alentadoras. Los medios de comunicación que pudieron llegar al lugar reportaban innumerables bajas en las filas tanto de la guerrilla como del ejército. Algunos medios también especulaban que en los combates que se habían prolongada por mas de quince días, estaban participando las autodefensas del Magdalena Medio. Los muertos eran muchos, no había forma de enterrarlos por el fragor de los combates. Los heridos eran sacados en condiciones bastantes precarias y trasportado a los centros de atención eventualmente adaptados para de urgencia. Los helicópteros iban y venían sin parar, bajaban los heridos y en algunos, por no decir que en muchos casos, en bolsas negras a los que no resistían y morían siendo sacados de la selva. En ese instante no importaba si era guerrillero, soldado o para-militar. Oscar ese día corría de un lado para otro. Estaba empapado en sangre. Había amputado, había suturado, extraído balas, cortado intestinos, cercenado miembros completamente destrozados, había cerrado los ojos a más de un soldado o guerrillero que en la mesa de operaciones habían dejado su último aliento de vida. Cansado, exhausto, corporalmente y abatido espiritualmente por tantos muertos, por tanto horror, por tanta bestialidad, se preguntaba que sentido tenia la guerra, si de por medio se anteponían los intereses mezquinos de una clase política, de unos intereses particulares que nunca le eran inherentes a quienes en verdad entregaban su vida por esas “causas”, causas siempre ajenas, lejanas, distantes de las cuales ellos no se usufructuaban nunca. Una guerra donde los muertos no tenían nada que ver en el conflicto, si el conflicto nada les aportaba, en nada les convenía y siempre les arrebataba lo mas preciado: La vida. Cuantas madres no lloraban a sus hijos, lo único propio, el único tesoro que Dios les había dado al sembrar una semilla de amor en sus vientres, y como recompensa recibían una medalla, una insignia con la cual no podían, ni les servia para reemplazar al ser que perdieron o para comprar alimentos y vivir. Cuantas madres no se la pasaban deambulando de un lado para otro, recibiendo desprecios, humillaciones, desplantes, burlas tratando de conseguir una ayuda, una contraprestación, un auxilio. Oscar sintió deseos de vomitar, no por la sangre, no por las piernas que había amputado, por las heridas suturadas, por la tragedia, no, el sintió deseos de vomitar de ver tanta crueldad y sevicia en el hombre, tanto deseo de exterminio de la misma raza bajo pretextos que el no compartía ni justificaba.

Estaba por terminar el turno cuando descendió de entre los cielos, bajo el amparo de una tarde cobriza, uno de los últimos helicópteros. Con las manos en la cintura dejo escapar un suspiro de dolor y en voz alta exclamo: “Los últimos guerreros de las sombras, que no verán la luz de un nuevo día. . . ” Los camilleros bajaron dos cuerpos, eran dos jóvenes: Una bella niña de escasos doce años y un niño de trece años. Oscar se sorprendió al ver dos niños, que con sus ojos mustios miraban angustiados a todos los lados. También lo sorprendió que vinieran tomados de las manos y por mucho que trato de separarlos no fue posible hacerlo. Oscar se acerco a la niña y le dijo con ternura: “Necesito revisarlos, ver las heridas, hacer un diagnostico y proceder, pero en estas condiciones no lo podría realizar”. La niña con los ojos anegados en lagrimas le respondió en un leve susurro: “Es mi hermano y si vamos a morir, moriremos juntos. . . ” Oscar no dijo nada, hizo trasladar a los jóvenes a la camilla. Los reviso y encontró de manera particular que ambos tenían cada uno un tiro de pistola en el vientre. Intrigado le pregunto a la niña que había pasado y como si un lirio que sangra, que expele sus tragedias exclamo: “Habíamos sido forzados a engrosar las filas de la guerrilla o sino mataban a nuestros padres. No llevábamos más de un mes en la guerrilla y apenas nos estaban entrenando, cuando empezaron los combates. Mi hermano y yo aprovechando el bombardeo decidimos aprovechar la oportunidad para escapar, pero nos sorprendieron en el intento de fuga. Estuvimos amarrados con cadenas a un árbol por seis días, después nos metieron a una cuevas antiaéreas, y ayer el comandante de frente dio la orden que nos dieran un tiro en el estomago a los dos por desertores y traidores a la causa revolucionaria” El ejercito nos encontró entre unos arbustos. . . ” Oscar miro al niño que libido y con los ojos perdidos en la nada estaba a punto de partir a la eternidad. Dio la orden y le pidió a la niña que le colaborara para operarlo a él y después a ella. En ese instante ingreso el medico de turno y procedió a operar a la pequeña. Las horas fueron pasando, Oscar se sentía angustiado, no comprendía como podían suceder ese tipo de cosas, esas atrocidades. Después de cuatro horas de luchar contra la muerte y de estabilizar al menor se seco el sudor de la frente con las mangas llenas de sangre y suspiro nostálgico. Se acerco a la menor que dormía por la anestesia y se retiro a las duchas. Mientras se bañaba veía la sangre que corría por el suelo y con ira escupió y después lloro en silencio. Tomo una toalla se seco y se vistió. Cuando salio la luna completamente plateada como en un gesto ironía brillaba en todo su esplendor, pensó en su esposa y en sus dos hijos y camino entre los árboles hasta la carpa militar donde se dispuso a dormir. A la mañana siguiente, sin haber dormido bien pensando en los dos adolescentes se dirigió a ver como estaban. No pudo contener las lagrimas al verlos tomados de la mano y completamente marchitos, con un extraña sonrisa en sus labios. Se acerco al galeno que lo saludo con la cabeza y pregunto que había pasado, este le respondió: “A eso de las tres de la mañana, la niña despertó y me llamo, y me dijo que se estaba muriendo, que sabía que su hermano también se estaba muriendo, que le permitiera estar cera de él para morir juntos” Yo no fui capaz de oponerme a esa suplica y corrimos las camillas, se tomaron de las manos y a los tres minutos dejaron de existir.

Original de Gildardo Gutiérrez Isaza
Julio 17 de 2009

Escritor, narrador y poeta, naci en Colombia en el a

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